viernes, 16 de noviembre de 2018

¿DÓNDE ESTARÁN? (ANA GONZÁLEZ | 1925-2018)

La Vanguardia. Noviembre 2018.
 
Con la muerte de Ana González, Chile ha perdido a una de las mujeres más tenaces en la lucha por los derechos de los que perdieron a familiares durante la dictadura de Augusto Pinochet. Durante 42 años, esta activista nacida en la ciudad norteña de Tocopilla movió cielo y tierra para conocer el paradero de los más de 3.000 desaparecidos que cayeron en manos del régimen militar. Entre ellos, se encuentran dos de sus hijos –Manuel Guillermo (22) y Luis Emilio (29)–, su nuera embarazada –Nalvia Rosa Mena (20)– y su esposo, Manuel Recabarren (50). La policía secreta de Pinochet –la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA)– los secuestró en Santiago la noche del 29 de abril de 1976. Sólo perdonó a un nieto de dos años, que abandonó en medio de la calle. La mañana siguiente, detuvo a su marido, militante del Partido Comunista como ella, exdirigente sindical y presidente de la Junta de Abastecimiento y Control de Precios del distrito de San Miguel durante el gobierno de Salvador Allende.
La vida que juntos habían forjado en Santiago, donde González se trasladó para buscarse una vida mejor y donde conoció a su esposo en aquellos bailes que organizaban las juventudes comunistas,quedó truncada para siempre. Desde entonces, González se desvivió para encontrarlos. Junto a otras afectadas (la mayoría eran mujeres) fundó la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, con la que recorrió calles, hospitales y comisarías del país entero para encontrar cualquier pista de los desaparecidos. Promovió innumerables manifestaciones, se encadenó ante el Congreso Nacional, participó en una huelga de hambre en la Cepal (organismo sudamericano dependiente de la ONU), viajó a París y Nueva York para denunciar los crímenes de Pinochet ante la Unesco y las Naciones Unidas, incluso pasó cuatro meses en el exilio entre Buenos Aires y Estados Unidos.
González nunca se rindió pero sus esfuerzos fueron en balde. A sus 93 años, dejó este mundo sin conocer dónde están sus familiares. Ni la dictadura ni la democracia respondieron a sus demandas. Sólo muchos años más tarde, supo que su marido fue trasladado a dos centros de tortura antes de desaparecer. Ni rastro de sus hijos y su nuera.
Sin embargo, su infatigable lucha ha dejado huella en la memoria colectiva chilena. Este agosto, la capital del país levantó un mural en su honor. Su entereza, su fuerte carácter y sentido del humor la convirtieron en una figura icónica de la resistencia.“Nunca pensaron que una ama de casa, que no sabía nada, incluso ni dónde estaban los tribunales, levantaría una batalla como esta”, decía a The New York Times en el 2010.
En el libro Tiempos peores (2018) el periodista Richard Sandoval reproduce una escena en la que González lee desde su cama su propio testimonio: “Tuve el temor de morir en el intento, pero a medida que fue avanzando me di cuenta que me quedaba hilo para rato, y que el relato le daba vida a mi esposo, mis hijos y mi nuera”.
Incluso en sus últimos años de delicada salud, González siguió acudiendo a algunos eventos públicos y abrió las puertas de su hogar, convertido ya un museo de la memoria. Cuando la activista murió el pasado 26 de octubre en Santiago, la nieta de Salvador Allende, Maya Fernández, dijo que “siempre siguió luchando con un fuerte apego a la vida”.
González reconoció en el libro de Sandoval que “es muy difícil ser feliz en mis circunstancias. Pero hay sonrisas, porque lo que la dictadura quiso es que yo, como tantas otras, nos fuéramos a casa a llorar y nos quedáramos tranquilas. Pero no lo lograron”..

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