sábado, 24 de diciembre de 2016

NAVIDAD A PESAR DE TODO

Victor Codina.
Hace tiempo que en el seno del pueblo cristiano surgen voces muy críticas en torno a Navidad: orgía del consumo, compra frenética de regalos, comidas y bebidas, el gordinflón Papá Noel parece marginar al Niño Jesús, los villancicos se utilizan como propaganda comercial, el árbol suplanta al pesebre, las iluminaciones de las ciudades se convierten en marketing y atractivo turístico, hay un protagonismo de personas e instituciones en las obras benéficas de los días de Navidad… Navidad se ha transformado en la fiesta del solsticio…
Y todo ello como dentro una burbuja de bienestar, al margen de un mundo de violencia y pobreza, de refugiados y guerras, con el corazón anestesiado ante el sufrimiento ajeno.  
La verdadera Navidad es diferente. Ha sucedido como lo que se cuenta de las hormigas, que para poder almacenar el trigo, le cortan su punto germinal. Occidente ha domesticado y pervertido la Navidad, le ha arrancado su nervio evangélico. Todo esto es cierto y hay que denunciarlo proféticamente. Este estilo burgués de Navidad es lo más opuesto a la primera Navidad. Hoy Jesús nace de nuevo en Alepo y Haití, en los campos de emigrantes y refugiados de Lesbos y Lampedusa, en las víctimas del atentado de Berlín, en los nuevos mártires cristianos de Egipto y Oriente medio.
 Pero ¿y si a pesar de todo, la fiesta de Navidad  mantuviera encendida la misteriosa luz de Belén, porque las tinieblas nunca pueden llegar a vencer la luz? Que las familias se reúnan y muchas veces se reconcilien en Navidad, los regalos a los pequeños, especialmente a los niños pobres, las visitas a cárceles, hospitales y hogares de ancianos, los pesebres en los templos y las familias, la tregua, a veces, en las guerras… ¿no son una señal de que, a pesar de todo, la luz y el calor de la Navidad perduran todavía en medio del rescoldo de tantas cenizas? ¿De dónde  brota esta súbita bondad que nos inunda estos días el corazón y a veces los ojos? Sin duda esta bondad nace del pesebre de Belén, del Niño, de los pastores y los ángeles que cantan paz. Y recordamos también las viejas profecías bíblicas que anuncian un mundo nuevo, donde el lobo y el cordero pacerán juntos y un niño jugará con la serpiente. El espíritu de la Navidad nunca se extingue totalmente. 
Porque Navidad no es solo un recuerdo del pasado sino el proyecto de Dios Padre sobre la humanidad, un sueño de filiación y de fraternidad, de concordia y de paz, de amor sobre todo a los últimos y marginados. De todos y de cada uno de nosotros depende que hagamos que cada día del año sea Navidad, que el grano de trigo evangélico no pierda su poder germinal y produzca fruto verdadero. Por esto, a pesar de todo y en medio de estas ambigüedades, ¡feliz Navidad, la de verdad!

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