viernes, 5 de marzo de 2010

EL CAMINO ESPIRITUAL DEL COMPARTIR

"Compartir lo que tenemos es relativamente fácil y también resulta relativamente sencillo compartir cosas. Sin embargo, compartir lo que somos es bastante más difícil. A pesar de ello, consideramos que es este compartir el que puede hacer que una comunidad esté viva y sea fraterna" (Charles Legland, Comunidad del Arca).

La forma de comunicarse no es neutra con respecto a la relación que se establece entre las personas. El tipo de comunicación que se elige determina la calidad de la relación que se vive entre las personas de un grupo.
Para poder compartir durante la comunicación, es importante que cada cual hable del tema en primera persona, a partir de su propia experiencia de vida, mostrando así a todas las personas del grupo una confianza voluntaria y gratuita que genere un sentimiento de gratitud, de alegría profunda y que cree las condiciones necesarias para el discernimiento personal y de grupo.
Por lo que se refiere al discernimiento personal, "la alegría y la tristeza del corazón son el criterio (interior a cada uno de nosotros) del bien y del mal. Ésta es la nueva ley: la 'ley de libertad' a la que se nos llama desde siempre. A esta ley, podríamos decir que, por fin, hemos llegado hoy" (Silvano Fausti "¿Ocasión o tentación? El arte de discernir y decidir" Ed. PPC, Madrid). El discernimiento sobre mí mismo es algo que no puedo comprobar por mi propia cuenta: "si me imagino que únicamente con la reflexión o a través de los estudios puedo aclarar mis problemas, corro el riesgo de llegar a un punto muerto, porque se trata fundamentalmente de un problema de relación: sólo a través de mi relación con los demás seré capaz de comprobar mi propio discernimiento" (Joseph Pyronnet, enseñanza oral).
Por lo que se refiere al discernimiento a nivel de grupo, la experiencia del otro es una verdad que no puedo discutir sin su consentimiento: tan sólo puedo escucharla y acogerla con una actitud de ausencia de juicio y gratitud por lo que se me ofrece gratuitamente. Al mismo tiempo, yo también ofrezco al grupo mi experiencia sobre el tema de forma gratuita. Esta condición hace que, con el tiempo, vaya creciendo en la gente una confianza cada vez más profunda y arraigada. Compartir no consiste en hablar sobre un tema iniciando un debate de grupo, que, aunque es algo positivo, no sirve para esta finalidad. Compartir nos compromete en primera persona a hablar de nuestras vivencias, de nuestras experiencias personales, eligiendo un tema o unas preguntas que plantearnos con el acuerdo de todos.
Es muy importante que, cuando nos reunamos para compartir, se realice algún signo de comienzo y otro signo de conclusión, como empezar y terminar con una oración, un momento de silencio, un canto, una poesía..., que marcarán el tiempo dedicado al acto de compartir, como una liturgia que contiene una "comunicación sagrada". Se comienza una ronda en la que todos puedan tener ocasión de expresarse. El que no desee hablar, puede permanecer en silencio y pasar el turno al siguiente, pero es muy importante que esto se le comunique al grupo, para que nadie espere que tenga que expresarse quien no desee hacerlo. Así, el silencio pasará a ser algo comunicado y, por tanto, vivo, mientras que el silencio no expresado confiere a quien no lo manifiesta un papel de espectador ajeno a ese compartir, algo parecido a una persona que desea entrar en el agua aunque sin mojarse. El grupo comparte así el esfuerzo y el alivio de todos los que participan. Contar una experiencia personal es un regalo que nos hacemos los unos a los otros con este espíritu: "si contamos un sufrimiento, éste disminuye, si contamos una alegría, ésta aumenta" (padre Tonino Bello).
Es muy importante escuchar sin interrumpir a la persona que habla, sin responder ni hacer preguntas y sin juzgar lo que ésta cuenta: para bien o para mal, una experiencia de vida es una verdad muy importante de por sí para quien la ha vivido.
En un grupo que comparte, todos se comprometen a un pacto de discreción: "Me comprometo a no ir contando por ahí de forma banal lo que he escuchado". En su caso, podré hablar de ello en tercera persona, a modo de testimonio y sin hacer ninguna referencia a la persona específica.
Es útil saber cuánto tiempo tenemos a disposición para poder dividirlo entre el número de personas que participan en el grupo y distribuir así los turnos de palabra: si hay 10 personas y cada una habla durante 5 minutos, la puesta en común durará 50 minutos; si son 15 personas, durará 1 hora y 15 minutos.
También es importante asignar a una persona del grupo el encargo de controlar el tiempo y el método elegido para compartir y de intervenir cuando alguien se desvíe del tema. Se trata de un ejercicio de autoridad delegada y es de carácter temporal, puesto que su duración puede limitarse a una sola reunión para ir asignando esa función a una persona distinta cada vez, o bien puede tener una duración anual en el caso de grupos que se encuentran en camino permanente.
Cuando se regula el modo en el que se va a compartir y llevar a cabo la comunicación, ésta pasa a convertirse en metacomunicación "que permite a las personas que se están comunicando integrarse en un contexto del que extraerán información fundamental para la eficacia de la comunicación" (fuente: Wikipedia italiana), y, ante todo, se convierte en una práctica espiritual que da sentido al camino de quien la vive, ayudándole a tomar conciencia del posible encuentro con el otro.
Puedo utilizar este modo de comunicación también para tomar decisiones de grupo, siguiendo el sistema de rondas para que cada cual exprese su decisión por turnos y dejándose un intervalo de tiempo entre una ronda y otra (esa pausa puede ser de algún minuto, de alguna hora, de algún día o de semanas, en función de cómo vaya fluyendo la comunicación y del tiempo de que dispongan las personas interesadas). Si se realizan varias rondas, como si fuéramos pelando una cebolla hasta llegar al punto central de la decisión a tomar, la experiencia nos demuestra que la ronda siguiente nunca será igual a la anterior, puesto que, cada vez que se comparte, voy teniendo a mi disposición información que el otro me comunica y de la que antes yo carecía. Esta modalidad excluye las prisas y no pretende ahorrar tiempo, aunque sí favorece la consecución del objetivo, que sigue siendo una decisión común y compartida que, en caso de adoptarse, será operativa. La decisión que se tome de esta forma permitirá vivir una unidad profunda, en la que se respete la diversidad y en la que cada cual pueda sentirse reconocido, acogido con cordialidad y partícipe de la alegría común.
Texto de Giampiero Zendali
(Traducido por Carmen Cuervo-Arango del original italiano)


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