miércoles, 25 de noviembre de 2009

Una experiencia en La Fleyssière, comunidad de El Arca en Francia.


Carmen Cuervo-Arango.

El 15 de agosto de 2009 salí para La Fleyssière con los recuerdos y sensaciones que guardaba de Lanza del Vasto y de La Longuera de la década de los 80. Tras años de búsqueda de movimientos o grupos que me aportaran al menos parte de lo que me había dado el Arca, había llegado a la conclusión de que ya había perdido bastante tiempo y que el hecho de no hablar francés no me debía impedir volver a vivir la profunda experiencia de estas comunidades. Había encargado un curso de francés en CD que no acababa de llegar, ni siquiera para poder escucharlo durante los 920 km de viaje. ¡Paciencia, ya me las arreglaría!

Iba hacia allí intentando mantener la mente abierta. Sabía que no debía buscar una copia de La Longuera: eran otros edificios, otro paisaje, otro idioma, otra gente, otro tiempo. Sí que esperaba de todo corazón que la dinámica y el tipo de espiritualidad fueran análogos a las que había conocido.

Había dirigido mi solicitud de estancia a La Borie, pero no recibí respuesta de allí. En su lugar, un día escuché en mi contestador un mensaje muy expresivo y cantarín de una tal Katharina, que me decía que me recibirían encantados en La Fleyssière, una comunidad hermana que se encontraba a poca distancia de la anterior. Sentí no haber obtenido contestación de la primera, que era de la que tanto había oído hablar en el pasado, pero seguía teniendo la suerte de haber recibido una respuesta positiva de acogida para esa semana.

No era el mejor día para viajar, pues las carreteras estaban colapsadas. Llegué por la tarde, en un momento de mucho calor y la comunidad parecía vacía. Paseé silenciosa junto a los edificios, pero no se oía nada ni se veía a nadie. Iba a sentarme a esperar a la sombra cuando vi a alguien detrás de una puerta. Era la cocina, donde Elke, una chica alemana que se iría en unos pocos minutos, estaba preparando un té. Me dijo que todos estaban descansando. La semana había sido agotadora, puesto que unas 50 personas habían asistido a un curso de danza de los Balcanes. La mayoría de la gente de paso ya se había marchado y otros pocos, como ella, estaban recogiendo sus cosas. También varios miembros de la comunidad habían salido de vacaciones. Elke me dijo que iba a llamar a la puerta de Katharina, pero preferí que no lo hiciera. El sábado por la tarde, si las cosas no habían cambiado, comenzaba el descanso del fin de semana.

Elke me enseñó el funcionamiento de los aseos, del que ya había leído yo en Internet. Esta comunidad no dispone de agua natural y ha de abastecerse llenando una cisterna, por lo que hay que hacer un uso limitado del agua. Por tanto, nada de inodoros, que consumirían una cantidad excesiva. Lo que tienen aquí son unas casetas de madera exentas. Algunas de las tablas del suelo tienen bisagras y se levantan, dejando a la vista un agujero ¡y ése es el aseo! Después, hay que coger un puñado de serrín que hay en un cajón de madera y echarlo por encima (“un puñado basta”, reza un letrero en varios idiomas). Cada cierto tiempo, imagino que vaciarán el contenido desde la parte baja (están situados al borde de zonas elevadas que permiten un desnivel adecuado). Este detalle te obliga a reflexionar desde el principio sobre el uso que debes hacer del agua cada vez que abres allí un grifo… ¡y al regresar a casa también!

Por la cocina aparecieron más tarde Jurek, un sonriente polaco que se dedica principalmente a la vaquería y la quesería y, minutos después, su mujer, Katharina, que llegó vivaz, luminosa y tan expresiva como en su mensaje del contestador. Sus 4 años de voluntaria en El Salvador y Honduras o Guatemala (no recuerdo cuál), trabajando en los campos de refugiados de la guerra civil, le habían permitido tener un español bastante fluido y lleno de matices claramente centroamericanos. Me enseñó algunas instalaciones de la comunidad, indicó a Elke que su habitación sería la mía cuando ella se marchara y, ante un par de dudas que le planteé, me miró sonriente contestando “Tú ya verás”. Imagino que quería que fuera descubriendo las cosas por mí misma y poco a poco.

Me pareció un privilegio tener una habitación para mí sola. Me apetecía mucho la vida en común, aunque también el silencio y el recogimiento, y allí tenía todo lo que necesitaba, incluso una mesita y su silla para leer o escribir.

Hubo dos detalles que no esperaba: la electricidad y el teléfono. Parece ser que, al haber quesería, Sanidad exige que haya una nevera para vender los productos y por ello se hizo la instalación eléctrica, según me contaron. En mi cuarto prefería encender las velas que había llevado. ¡El fuego atrae y ayuda a que permanezcan muchas sensaciones que la luz artificial sólo consigue ahuyentar!

Más tarde, conocí a los otros dos miembros de la comunidad que quedaban allí esa semana, Jean Baptiste y Janine, una pareja que lleva unos 40 años en el Arca. También había un par de personas que estaban a punto de cumplir un año de estancia en el lugar, Nadège y Filippe. Pronto tendrían que decidir si solicitar o no la posibilidad de formar parte de la comunidad y esperar la respuesta. Se trata de un paso serio para unos y otros, ya que la convivencia en este tipo de lugar hace establecer unos lazos muy estrechos y no todos los caracteres son afines o facilitan una vida cotidiana armoniosa. En palabras de Katharina, es como un compromiso, un matrimonio con el otro, algo que no debe darse sin los sentimientos adecuados ni tomarse a la ligera.

Asimismo conocí a Stella y Cristian, una pareja encantadora que visitaba las tres comunidades vecinas tras haber sido miembros de ellas en el pasado y que conocían también a amigos de la Longuera. Ah, y Ahmed, un francés de origen argelino que buscaba alojamiento y aparecía y desaparecía con su especialísima bici, recorriendo todos los parajes de las inmediaciones, que conocía a la perfección. También solía preparar el fuego de las “Buenas noches” y un delicioso té que colocaba en una mesa, bajo los árboles, para que disfrutáramos de la bebida y un poco de conversación después de las oraciones nocturnas.

Para terminar, estaban Fabienne y Blanche. Esta última nos acababa de dar un fantástico espectáculo de títeres. Su expresividad, belleza y pasión nos hacían desviar a menudo la atención de los muñecos y quedar absortos en su manera de estar en el escenario. ¡Lo daba todo, vestida de corsaria! En realidad estaba allí para entrevistar a Jean Baptiste. Pertenecía a un grupo Zen de París, y tenía que redactar un artículo sobre este conocido pacifista y activista, famoso por su lucha contra los alimentos transgénicos.

El domingo, al ser día libre, decidí dar un paseo hacia La Borie, por ver cómo era y también porque había quedado en visitar a Silvia Cremer, con quien había intercambiado varios correos. Recorrí con Blanche los 2 agradables kilómetros que separan ambas comunidades, charlando y conociéndonos mejor. Nos costó un poco encontrar la casa de Silvia pero, al final, pude disfrutar de unas horas de fantástica charla con esta deliciosa y valiente mujer. Supe de su experiencia en España y con amigos comunes de La Longuera, de las dificultades que estaban experimentando La Borie y ella misma, de sus ideales fuertes y sus ganas de luchar por aquello en lo que creía, la no-violencia, sin rendirse ante las enormes barreras que estaba encontrando, de su amor por el Arca y La Borie, de su apuesta por ellas. Regresé sola con una sensación bella y triste al mismo tiempo. Y el recuerdo de Silvia, su expresión y sus palabras estuvieron conmigo de una forma especialmente intensa toda aquella semana. Sigo acordándome mucho de ella.

Ese mismo domingo conocería a otro grupo de visitantes a los que también cogería un gran cariño, 4 polacos: Ania, Marlene, Asia y el sobrino de Jurek, Casper, además del genial Marko, de Estonia, todo sonrisa, buena voluntad, excelente humor y ganas de trabajar. Y al día siguiente llegaría Ana María, bondad, luz y sencillez reunidas en una sola persona, y con la que verdaderamente espero poder mantener el contacto en España.

El lunes ya nos incorporamos a la vida cotidiana y de trabajo. La primera campana suena a las 7. A las 7:15 hay meditación, pero nunca encontré a nadie en la sala común, sólo Fabienne se animó a acompañarme el segundo día, cuando se lo propuse. El desayuno, a las 7:45, reúne a los que están de paso o a los solteros que acuden a la cocina. Los “Buenos días”, a las 8,30, tienen lugar mirando hacia la salida del sol y es un momento especial por las preciosas oraciones, las lecturas sacadas de distintas confesiones religiosas o textos filosóficos y la oportunidad de mirar a cada uno de los presentes a los ojos, llamándoles por su nombre, como en las “Buenas noches”. Esa forma cotidiana de saludo ayuda a intentar reconciliarse con aquéllos con los que podamos tener algún roce o tensión. Al otro lado hay un ser humano que nos mira y nos saluda, una fantástica ocasión para plantearse el limar las diferencias. De allí se va a la reunión de trabajo, donde se exponen las distintas tareas pendientes para el día y cada cual se suma a una u otra según preferencias, habilidad o conciencia. A veces hay trabajos más duros o el día es especialmente caluroso y no todo el mundo tiene ganas o fuerzas para dedicarse a determinadas labores. Aquellos días había recolección y conserva de saúco, lavado de mantas, trabajo muy variado en la huerta y en la vaquería, leña que cortar… además de la cocina, para la que hay turnos establecidos y que puede resultar un poco estresante si no estás acostumbrado a cocinar para más de 20 personas y te sientes responsable de que todos coman decentemente J.

Tras la reunión de trabajo, todos acuden a las inmediaciones de la cocina (en verano) para pelar y cortar la verdura que se preparará en la comida. Esto es muy agradable, porque nos reúne a todos en un momento de trabajo ligero y sencillo que invita a la conversación y es una auténtica bendición para el encargado de la cocina de ese día, que sólo tiene que poner las verduras y hortalizas sobre las mesas y decir cómo las quiere. ¡Los fogones esperan con buena parte de la labor ya hecha!

A las 9:30 suena de nuevo la campana. Se trata de una de las “llamadas” que se oirán cada hora durante el trabajo y que nos invitan a detenernos, tomar conciencia de nosotros mismos, de lo que hacemos y “hacernos presentes al presente”. Es una pequeña acción de recogimiento que aporta muchísimo y que Lanza invitaba a todos a realizar en nuestras vidas, también de la ciudad, para no dejarnos arrastrar por la inercia y la falta de conciencia. También es un alivio cuando te dedicas a una labor especialmente pesada, ya que te “humaniza” y ofrece el descanso que aporta la interiorización. El trabajo termina a las 12:30 y a las 13:00 todos comen juntos. Se bendice la comida y el encargado de la cocina describe lo que ha preparado para nosotros. Después, hay tiempo libre hasta las 14:30, cuando se reinicia el trabajo hasta las 17:30. En teoría, hay meditación de nuevo a las 18:30, pero tampoco acudió nadie durante toda la semana. Yo aproveché para hacer yoga, leer varios capítulos del “Umbral de la vida interior” y meditar. Era un momento que esperaba con muchas ganas, especialmente porque no siempre tenemos tiempo de hacer hueco en nuestra vida cotidiana y aquí no quería dejarlo pasar. Posteriormente, la cena se hace en horario libre y la oración de las “Buenas noches”, alrededor del fuego, es a las 20:30.

Este horario y organización facilitan mucho la integración de los que visitamos las comunidades del Arca, nos hacen sentir útiles y partícipes, algo muy importante.

¿Y qué me aporta en concreto a mí todo esto? No es fácil de describir, porque las palabras se quedan cortas. Puedo decir que, al poco tiempo, el hecho de no tener prácticamente pertenencias, más que tu poca ropa, libros y cosas de aseo, y estar más en contacto contigo mismo, con los demás y con el trabajo manual, surge una clara sensación de ausencia de necesidades y preocupaciones. Todo se relativiza y adquieres una claridad de visión mucho más equilibrada, menos apasionada y casi como de espectador de tu propia vida “de fuera” (de la comunidad). Tienes tus necesidades espirituales y materiales básicas perfectamente cubiertas y podrías prescindir de todo lo demás, que te resulta superfluo. Estás más centrado en tu propio interior y, precisamente por ello, también más abierto al resto de los seres que te rodean, sintiéndote, al mismo tiempo, menos vulnerable. La vida fluye y eres consciente de ella. Las horas no pasan en vano, cobran mucho más sentido. Cada tarea tiene una finalidad clara y la carencia de cosas materiales simplifica la jornada (¡cuántos objetos acumulamos, limpiamos y ordenamos en nuestros hogares, convirtiéndonos en esclavos de ellos!). El trabajo se realiza en beneficio del interés común y otros están haciendo mientras tanto otras labores que te descargan y que agradeces que hayan hecho por ti, como ordeñar las vacas, preparar el queso, cocinar, cultivar, subir comida de la huerta, partir la leña, tomar decisiones... La posibilidad de variar de actividad también hace que no haya monotonía y te abre a nuevos conocimientos y habilidades.

Tuve la enorme suerte de haber vivido todo esto ya en mi juventud aunque ahora, con mis ojos adultos, soy capaz de ver más allá. Soy consciente de que la vida es mucho más fácil allí para los que estamos de paso. No tenemos más responsabilidades que las asignadas y, una vez terminado el horario de trabajo, quedamos libres de todo peso y preocupación. Quienes viven allí, observo ahora, necesitan ser auténticos corredores de fondo. No todos los días te apetece ver caras nuevas, recibirles de un modo en el que se sientan bien acogidos, explicarles todas las dinámicas de tu comunidad. Además, los miembros han de estar organizando el trabajo, pensando en todo lo que queda pendiente, supervisando y reparando los errores de quienes desean ayudar, pero se equivocan o carecen de habilidad. También tendrán que preocuparse del mantenimiento económico de la comunidad, si su trabajo aporta lo suficiente, si hay que salir a vender, organizar cursos o buscar alternativas diferentes. Además, si la convivencia ya es sumamente difícil entre los miembros de una familia, que tienen la misma educación, formación y nacionalidad, aquí se reúnen personas de naturaleza muy distinta, con sus altibajos y sus lógicas aristas que limar. Esto requiere fuerza, tesón, voluntad. Los visitantes podemos dar lo mejor de nosotros mismos. Somos recibidos, aceptados, integrados, ¿qué más podemos ofrecer que nuestro deseo de colaboración y nuestro mejor humor? Sólo el tiempo y la convivencia nos haría mostrarnos tal y como somos en realidad y, en ese sentido, es admirable que estos grupos tan variados de seres humanos consigan convivir año tras año superándose a sí mismos e intentando hacer un espacio tan importante en sus vidas para los demás.

Lanza del Vasto propuso una preciosa opción de vida que no podía quedarse ahí, encerrada en sí misma. Quiso que sus comunidades sirvieran de luz a aquéllos que se acercaran para buscar, centrarse, recuperarse, recogerse, entender, meditar, volver a ser… por lo que la acogida es una de las bases esenciales de la vida del Arca. Y tal vez un termómetro de su estado de salud. Al mismo tiempo, acoger también supone renovar la comunidad y garantizar su continuidad. Lo contrario le haría perder fuerzas y envejecer. Por lo que he visto, La Fleyssière, aunque pequeña, es una comunidad que tiene una larga vida por delante.

No puedo más que sentir agradecimiento hacia estas comunidades por estar o haber estado ahí, año tras año, brindándonos la oportunidad de acercarnos para recoger todo aquello que necesitamos para fortalecernos. Estáis haciendo realidad una de vuestras oraciones diarias: “Danos, Señor, paz, fuerza y gozo, y danos el dárselo a otros”.

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