lunes, 16 de noviembre de 2009

LA SALUD QUE VIENE Y EL MARKETING DEL MIEDO


Entrevista: Salvador López Arnal. Rebelión.

“Vivimos en una sociedad que contrapone los intereses de las grandes empresas y los de la ciudadanía, como si existiera una guerra social abierta pero silenciada”

Miguel Jara, escritor, periodista especializado en la investigación de temas de salud y ecología, corresponsal en España del British Medical Journal (BMJ) y usual colaborador de la revista Discovery DSalud, Miguel Jara ha realizado la investigación que sirvió de base para el documental “Carga tóxica” de Documentos TV (TVE) sobre los efectos en nuestra salud de las sustancias químicas que existen en nuestro medio ambiente y es igualmente autor de Traficantes de salud (Icaria, Barcelona, 2007); Conspiraciones tóxicas (Martínez Roca, Barcelona, 2007), en colaboración con Rafael Carrasco y Joaquín Vidal, y de La salud que viene. Nuevas enfermedades y el marketing del miedo (Península, Barcelona, 2009), su ensayo más reciente.

Felicidades por su magnífico libro. Son tantas las cuestiones en él abiertas que me temo me va a ser imposible preguntarle todas los temas que me ha sugerido su lectura. Empiezo por el título. Subtitula su libro “Nuevas enfermedades y el marketing del miedo”. ¿De qué nuevas enfermedades habla usted? ¿Nuevas en qué sentido?
El concepto exacto sería emergentes y/o “ambientales”, más que nuevas, pues son patologías que ya existían hace años pero que en los últimos lustros se ha incrementado el número de afectados sobremanera por efecto de la contaminación ambiental, sobre todo de la química tóxica y de la electromagnética.

Añade usted: “y el marketing del miedo”. ¿Qué marketing es ése? ¿Quiénes se publicitan a través de él?

El marketing del miedo es la expansión de manera perfectamente controlada, premeditada y estructurada del miedo entre la población para, en el caso que analizo, hacer creer a la ciudadanía que puede estar o está enferma y así vender medicamentos, antivirales y/o vacunas. Se utiliza para “obligar” a la población a abrazar las soluciones “establecidas” y hoy está cada vez más extendido entre las prácticas de la industria farmacéutica y así podemos comprobarlo en la última década con los ejemplos de la “epidemia” de gripe aviar, la gran campaña de lobby y marketing del miedo para vender la vacuna contra el virus del papiloma humano o la “pandemia” de la gripe A. Creo que al concluir la lectura del libro puede entenderse bien el fenómeno de la invención o exageración de enfermedades al que asistimos durante los últimos años.

Le pregunto ahora por un tema que transita por su libro, así, a bocajarro. ¿Usted es un tecnófobo, un ludita acaso? ¿No ama a la ciencia? ¿Está proponiendo una vuelta a un pasado sin tecnología por lo demás imposible?

No a la primera y tercera pregunta. Amo la tecnología que tiene a las personas como objetivo. Los luditas –movimiento obrero de principios del siglo XIX- con su acción sobre las nuevas máquinas de aquella época que ayudaban a desarrollar los intereses de los patrones en contra del interés de los trabajadores hicieron una crítica radical acertada de lo que luego ha sucedido: a mayor nivel tecnológico de una sociedad mayor paro, alienación y control social y también mayores ingresos para las patronales, algo todavía difícil de ver por la mayor parte de la izquierda, incluso la honesta, fascinada por la tecnología y por su obcecación productivista.
Por proponer propongo mirar al pasado para coger lo mejor del mismo y utilizar del presente y futuro sólo aquello que de manera probada ayude a las personas sin dañarlas. ¿La ciencia? ¿Cómo no amarla y por ello advertir que en buen parte, como tantas bases de la civilización, está prostituida por el mercado?

Le señalo un concepto: progreso tecnológico. ¿Cuándo existe verdaderamente progreso tecnológico en su opinión? ¿Toda invención técnica es un avance humano? Si no es así, le ruego me de un ejemplo para ilustrar su respuesta.

Partimos de la base de que casi cualquier consecución humana es técnica, pero si estamos de acuerdo en que hemos llegado a un punto en que todo, absolutamente todo ha de ser revisado bajo el paradigma ético, debemos concluir que no vale todo, que no vale toda técnica sino que sólo vale la técnica que tenga a las personas como objetivo: inventar la bomba atómica fue un prodigio técnico que hoy supongo que la mayor parte de la ciudadanía tacharía de monstruoso. Hoy existen servicios y tecnologías que son puros objetos de consumo para el mercado y que en su mayor parte además provocan graves impactos ambientales y merman nuestra salud. En parte de eso trata el libro. Y las personas que enferman por vivir en nuestra sociedad, sólo por hecho de “estar” en esta sociedad son el vivo retrato del fracaso del modelo económico.

También usted sugiere en reiteradas ocasiones tener muy en cuenta el principio de precaución. ¿Cómo definiría ese principio? ¿No cree que llevado al extremo este principio nos paralizaría?

Dicho principio viene a decir que hasta que no esté perfectamente garantizado que un servicio o tecnología es inocuo no ha de ponerse en circulación. Hoy ocurre lo contrario, se han liberado al medioambiente unas 104.000 sustancias químicas tóxicas muchas de las cuales se ha comprobado con estudios científicos que son nocivas. Convivimos con ellas a diario, están en casi todas partes, incluso dentro de nuestros cuerpos y no sabemos como interactúan entre ellas. Desde los años 40 del siglo pasado los soviéticos saben que la contaminación electromagnética enferma a las personas pero durante los últimos años asistimos a un despliegue descomunal de redes de telecomunicaciones inalámbricas que funcionan por microondas. Son dos ejemplos de tecnologías contaminantes a las que no se ha aplicado el principio de precaución y ya están enfermando a nuestros convecinos. Si no se acota, el problema irá a más. Eso es parte de la historia que narro en el libro.
Y no, lo que nos paraliza es expandir tecnologías “sucias”.

¿Podemos hablar con pleno sentido de víctimas de la civilización tecnológica? ¿Quiénes serían sus miembros?

Sí, es cierto que existen esas víctimas y serían las personas que sufren hipersensibilidad a los productos químicos tóxicos o a los campos electromagnéticos, quienes sufren Sensibilidad Química Múltiple, Síndrome de Fatiga Crónica, fibromialgia, ciertas alergias y asma, cánceres, quienes enferman por el denominado Síndrome del Edificio Enfermo o los enfermos crónicos por llevar empastes dentales con mercurio o los niños autistas por haberlos vacunado con vacunas que llevan como conservante Tiromesal (etilmercurio) y un larguísimo etcétera.

¿Por qué afirma que vivimos en una civilización bipolar? ¿Cuáles son los vértices de esa bipolaridad?

He publicado tres libros y en ellos hay un nexo común, como una línea que los recorre que es el enfrentamiento soterrado entre empresas y personas. Vivimos en una sociedad tan mercantilista que los intereses de los grandes grupos industriales y los de la ciudadanía son contrarios. Es como si existiera una guerra social abierta pero silenciada: lo que es bueno para la industria de las comunicaciones inalámbricas, la expansión masiva de antenas es malo para la ciudadanía; lo que es bueno para el sector farmacéutico, que existan siempre personas enfermas, es malo para la ciudadanía que aspira a tener salud; lo que es bueno para la industria química (por cierto muy ligada a la farmacéutica) es malo para las personas que enferman cada vez más por la contaminación química. Es el modelo económico el que está enfermo pues al regirse por la competencia fomenta el que las grandes empresas para mantener e incrementar sus dividendos estén obligadas a producir cosas nuevas aunque estas en muchos casos no tengan sentido, no sean útiles e incluso hagan daño.

En su libro cuenta fenómenos que, recojo su idea, suelen pasar desapercibidos a la mayor parte de la población pese a que nos afectan a todos. ¿Cómo puede ser eso posible? ¿Cómo podemos ignorar cosas tan básicas? ¿No estamos viviendo en la sociedad de la información?

Nunca hemos estado tan informados como ahora, pero eso al mismo tiempo produce una saturación informativa que genera confusión, luego desinformación. Por un lado son tantas las cosas importantes que deberíamos saber que no tenemos tiempo material para informarnos sobre ellas. Por otra parte la tónica general de mis libros es contarles a los lectores cómo los grupos industriales sobre los que trabajo de manera sistemática intentan controlar la información de los tema que les afectan, presionan a los periodistas y científicos que divulgan esos asuntos y montan campañas de desinformación inducida, por ejemplo, realizando estudios científicos que lleguen a las conclusiones que ellos buscan y jugando a generar confusión para que los negocios continúen con la excusa de que tal o cual servicio o tecnología “no se ha probado que sea nocivo” (es una trampa dialéctica porque la carga de la prueba no debe recaer sobre la ciudadanía sino sobre las empresas que quieran poner en el mercado productos que puedan ser malos para la salud o el medioambiente).

¿Por qué afirma que la peor sombra que se cierne sobre nosotros no es la alienación o el colapso ambiental, que en absoluto son un postre dulce para finalizar nuestra alimentación, sino el actual desorden organizado? ¿Qué desorden es ese? ¿Desorden organizado no es una contradictio?

El desorden organizado alude a lo que acabo de explicarle: en buena medida, los grandes grupos industriales manejan la economía y la sociedad a su antojo y utilizan a la clase política para ello y para dar una sensación de legitimidad democrática a lo que es puro autoritarismo de mercado. Una sociedad en la que tantas personas enferman por el grado de contaminación al que hemos llegado, en parte porque existen muchas industrias que contaminan sin pudor, no es una sociedad sana, muy al contrario. Pero ese caos es controlado por los grandes grupos industriales que además pretenden hacernos ver que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Una de las enseñanzas del libro Un mundo feliz de Huxley es que la sociedad totalitaria perfecta es aquella en la que el individuo es feliz en su alienación. El colapso ambiental está manifestándose en que muchos de nuestros conciudadanos están enfermando por “estar” en esta sociedad, como le digo. Los diferentes contaminantes despiertan hipersensibilidades en sus organismos. Si ignoramos que eso es una clara señal de que nos hemos equivocado de camino habremos entrado en ese mundo feliz.

Los casos de salud laboral que explica a lo largo del libro, ¿cómo son enfocados por los sindicatos de los trabajadores? ¿Están suficientemente informados al respecto? ¿Tienen eco en las instituciones políticas?

Mis principales fuentes de información para abordar los casos de personas que enferman en su entorno laboral, principalmente por lo que se denomina Síndrome del Edificio Enfermo, son sindicalistas de sindicatos pequeños y/o independientes. CC.OO. tiene un fenomenal instituto que trabaja este ámbito. Es especialmente puntero en el tratamiento de los contaminantes químicos pero en general existe desinformación sobre lo que es un ámbito saludable de trabajo o sobre las fuentes de contaminación en dicho ámbito. En La salud que viene es patente incluso cómo hay empresas que cuando surgen casos numerosos de determinadas enfermedades en sus oficinas intentan ocultarlas y en ocasiones cuentan con la complicidad de sindicatos, los mayoritarios, por lo general.

Cuenta en la primera parte de su libro que en 2002, Gro Harlem Brundtland, entonces máxima responsable de la OMS, comentó a un periodista noruego que en su oficina de Ginebra estaban prohibidos los teléfonos móviles. La doctora Harlem sufría hipersensibilidad a los campos electromagnéticos. La noticia fue publicada el 9 de marzo de 2002 en el periódico noruego Dagbladet. Meses dspués de publicarse la información, Gro Harlem tuvo que abandonar la dirección de la OMS. Señala usted que, según el doctor Carlos Sosa, muchos señalan a Michael Repacholi, el máximo representante medioambiental de la OMS, y a la industria de la telefonía móvil, como autores de la proscripción. ¿Los colegas científicos pueden comportarse con tan poca piedad? ¿Tanto poder tiene la industria de la telefonía móvil para descabezar nada más y nada menos que la dirección de la OMS?

Todo sector industrial que se precie tiene grupos de presión, lobbies, a su disposición para infiltrarse y presionar en las instituciones más importantes. Esto lo hacen a diario y supone la desvirtuación de la democracia. Piense que las decisiones que hoy toman instituciones como la OMS o el gobierno europeo, la Comisión Europea, o cualquier gobierno, el español, los de las diferentes comunidades autónomas, están muy influidas por los intereses privados. Como le comentaba en una respuesta anterior, parte de esa estrategia consiste en someter la ciencia a los intereses del mercado.

Vuelvo sobre el punto anterior. Teniendo en cuenta lo que cuenta en su libro. ¿Usted es partidario de prohibir los teléfonos móviles? ¿No crea demasiada alarma social con lo que señala? Parece que hay científicos e ingenieros independientes que han probado la inocuidad de estos aparatos y de las tecnologías anexas .

Soy partidario de aplicar siempre el principio de precaución antes de poner en servicio una tecnología que pueda dañar la salud humana. La información libera, la alarma la provocarán quienes impulsen tecnologías y servicios contaminantes. Existen centenares de estudios científicos que concluyen que la contaminación electromagnética es dañina para nuestra salud. También existen multitud de trabajos, casi más que los primeros, pagados por las operadoras, cuyas conclusiones son contrarias a los primeros. En los últimos años se han publicado varios macroestudios, hechos por científicos de diferentes países, multidisciplinares, con financiación pública, que concluyen que esta polución daña nuestra salud. Algunos son el Reflex o el BioInitiative Report. Incluso el Parlamento Europeo se ha hecho eco de ellos y ha llamado a la aplicación del principio de precaución.

Dedica un capítulo entero, que por cierto pone los pelos de punta, a los edificios enfermos. ¿Qué hace que los edificios enfermen? ¿El fálico edificio Agbar de Barcelona, por ejemplo, debería ser clausurado?

Fallos graves en el diseño, un diseño y construcción antiecológico: en estos edificios por lo general prima la luz artificial sobre la natural, la ventilación no existe pues son estancos y el aire sólo entra por el aire acondicionado; dentro se utilizan numerosos compuestos químicos potencialmente tóxicos (en su limpieza o los que portan las personas y los que se utilizan en las pinturas, barnices u ordenadores, por ejemplo); están hechos con materiales que pueden ser tóxicos; presentan una notable carga electromagnética fruto de la cantidad de móviles, antenas WiFi o aparatos eléctricos que se acumulan, además de otros factores. Yo documento cómo en los últimos años se ha extendido en este tipo de edificios, que se corresponden con los modernos edificios de oficinas “inteligentes”, una enfermedad leve denominada lipoatrofia semicircular. Su desarrollo y aumento de casos nos enseña la lección de que esos edificios son insanos y que el problema puede ir a mayores. Una vez construido y habitado uno de estos edificios es muy difícil desandar lo andado pero se deben al menos poner en marcha medidas correctoras para mejorar su habitabilidad, y por supuesto apostar por la denominada bioconstrucción o construcción ecológica que contempla todos estos factores.

Habla en reiteradas ocasiones de enfermedades inventadas. ¿Qué es una enfermedad inventada? ¿Una creación, una ensoñación del paciente, de los ciudadanos?

Durante los últimos lustros asistimos a la aparición en los medios de comunicación de enfermedades nuevas, nuevas denominaciones de síntomas que se confunden con enfermedad. Por ejemplo, la timidez está siendo diagnosticada como Fobia social para vender antidepresivos. Y el Síndrome de las Piernas Inquietas es un concepto nuevo para definir ciertos problemas neurológicos que padecen algunas personas pero se etiqueta así para abrir nuevos mercados y vender nuevos medicamentos neurolépticos. Son enfermedades que no existen y están promocionadas por laboratorios farmacéuticos. En el libro describo cómo se hace. Están apareciendo “enfermedades” como las que describe el DSM-IV, el libro sobre diagnóstico de patologías psíquicas que es la “Biblia” de los psiquiatras. El Trastorno Oposicionista Desafiente, que es la rebeldía de los niños o el Incumplimiento terapéutico, cuando un paciente decide no tomar su medicación, surrealista, ¿no? Pero cierto.

En este orden de cosas, ¿qué opina de las políticas preventivas y la información dada sobre la gripe A, sobre la gripe porcina?

Con la gripe A se ha repetido la campaña de marketing del miedo que ya se puso en marcha en la primera mitad de la década actual con la gripe aviar. Con similares actores y beneficiarios. Se cogen enfermedades leves y se crea alarma social para expandir la sensación de tensión y preocupación y que así la población “abrace” los tratamientos que ofrecen los mismos que crean esos temores. Esto no se hace de un día para otro. Para comprenderlo hay que entender las redes no conectadas entre sí de relaciones de influencia desarrolladas por la industria farmacéutica durante las últimas décadas. En eso consiste mi trabajo y La salud que viene es una parte.

Déjeme finalizar con una pegunta fuera de guión. Usted es alma y cuerpo de una página web muy consultada: www.migueljara.com ¿Qué pretende con ella? ¿Qué finalidades formativas y cívicas persigue con este trabajo?

Mi blog surgió a raíz de acumulárseme informaciones interesantes relacionadas con mis libros que no podía publicar con la necesaria rapidez. Es una manera de ofrecer estas informaciones, de elaboración propia, inéditas, provenientes de mis mejores fuentes y que sirven como complemento perfecto de mis libros. Es también un espacio de participación y de comunicación con mis lectores.

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