jueves, 8 de enero de 2009

"LA ÚNICA TAREA IMPUESTA POR DIOS PARA EL MUNDO DE HOY... ES TRABAJAR HACIA LA ABOLICIÓN TOTAL DE LA GUERRA"


Fue escrito por T. Merton en relación con las dos grandes guerras mundiales, pero tan actual que nos puede ayudar a reflexionar sobre el genocidio palestino.

Thomas Merton (Prades, Francia, 1915 - Bangkok, 1968), monje trapense, poeta y pensador estadounidense. Está considerado como uno de los escritores sobre espiritualidad más influyentes del siglo XX.

NO A LA GUERRA

En primer lugar, cuando escribí este libro*, lo que me parecía más evidente era el hecho de que había abandonado el mundo de mi tiempo con toda claridad y con total libertad. La ruptura y la reclusión eran, para mí, cuestiones de la mayor importancia. De ahí el tono más bien negativo de muchas partes de este libro.
Desde entonces he aprendido, creo, a mirar al mundo con mayor compasión, viendo a cuantos viven en é1 no como alienados de mí mismo, no como extranjeros, extraños y engañados, sino como identificados conmigo mismo. Al romper con «su mundo», extrañamente he roto con ellos. Al liberarme de sus engaños y preocupaciones me he identificado, sin embargo, con sus luchas y con su ciega y desesperada esperanza de felicidad.
Mas, precisamente porque me he identificado con ellos, debo rehusar de una forma más definitiva si cabe a hacer míos sus engaños ilusorios. Debo rechazar su ideología de lo material, el poder, la cantidad, el movimiento, el activismo y la fuerza. Rechazo todo esto porque veo en ello la fuente y la expresión del infierno espiritual que el hombre ha hecho de su mundo: el infierno que ha estallado en llamas en dos guerras totales de horror increíble, el infierno del vacío espiritual y de la furia infrahumana que ha dado como resultado crímenes como los de Auschwitz e Hiroshima. Esto es lo que puedo y debo rechazar con toda la fuerza de mi ser. Esto es lo que todos los hombres cuerdos buscan rechazar. Pero la cuestión es: ¿cómo podría alguien rechazar con sinceridad el efecto si continúa abrazando su causa?

Mi conversión a la fe cristiana, o para ser precisos mi conversión a Cristo, es algo que siempre he considerado como una libe¬ración radical de los engaños y obsesiones del hombre moderno y de su sociedad. Siempre he creído y continúo creyendo que la fe es la única protección real contra la absorción de la libertad y de la inteligencia por obra de la servidumbre crasa e insensata de la sociedad de masas. La fe religiosa, y sólo la fe, es la que puede abrir el terreno interior del ser del hombre a la libertad de los hijos de Dios, y preservarle del sometimiento de su integridad ante la seducción de una vida totalitaria . La razón de ello es que independientemente de lo que piense el hombre, su pensamiento está basado en alguna creencia fundamental de algún tipo. Si cree en proclamas y doctrinas a las que se le induce a partir de alguna ideología política o económica, entregará su verdad más íntima a manos de alguna compulsión externa. Si su creencia es una sus¬pensión de todo credo, y una aceptación de la estimulación física por sí misma, todavía sigue “creyendo” en la posibilidad de alguna felicidad racional alcanzable de ese modo. El hombre tiene que creer en algo, y aquello en lo que cree se convierte en su dios. Servir a alguna entidad humana o material como al propio dios es ser esclavo de lo que perece, y de ese modo estar encadenado a la muerte, al sufrimiento, a la falsedad y la miseria. La única libertad verdadera se encuentra en el servicio a eso que está más allá de toda limitación, por encima de cualquier definición, a lo que trasciende todo aprecio humano: eso que es Todo y que por tanto no es cosa alguna limitada o individual. El Todo no es «nada», pues si fuera algo separado de todas las demás cosas, ya no sería Todo. Esta es precisamente la libertad que siempre he buscado: la libertad de verme sometido cosa alguna y por tanto la libertad para vivir en Todo, mediante el Todo, para el Todo, por Aquél que lo es Todo. En términos cristianos, eso es vivir «en Cristo» y por el «Espíritu de Cristo», porque el Espíritu es como el viento y sopla donde le place, y El es el Espíritu de la Verdad. «La Verdad os hará libres».
Pero si la Verdad me ha de hacer libre, también debo dejar de aferrarme a mí mismo, dejar de retener la semblanza de un yo que es un objeto o una «cosa». También yo he de ser “nada”, ninguna cosa. Y cuando no soy nada, estoy en el Todo, y Cristo vive en mí. Pero Aquél que vive en mí son todos cuantos me rodean. El que vive en el mundo caótico de los hombres está escondido en medio de ellos, incognoscible e irreconocible porque no es «nada». Así, en los cataclismos de nuestro mundo, con sus crímenes, sus mentiras y su tremenda violencia, El que sufre con todos es el Todo que no puede sufrir. Y sin embargo El es el que sufre para que nosotros podamos vivir en El...
Mi monasterio no es un hogar. No es un lugar en el que me encuentre arraigado y establecido en la tierra. No es un entorno en el que sea consciente de ser un individuo, sino mas bien un lugar en el que desaparezco del mundo como objeto de interés a fin de estar en él en todas partes por medio del ocultamiento y la compasión. Para existir en todas partes tengo que ser Nadie.
Pero el monasterio no es una «huida» del mundo. Por el contrario, al estar en el monasterio asumo mi verdadero lote entre todas las luchas y sufrimientos del mundo. Adoptar una vida que es esencialmente no- autoafirmativa, no-violenta, una vida de humildad y de paz es en sí una declaración de la propia postura. Pero cada uno en esa clase de vida puede, por la modalidad personal de su decisión, otorgar a su vida entera una orientación especial. Es mi intención hacer de mi vida entera un rechazo de y una protesta contra los crímenes y las injusticias de la guerra y de la tiranía política que amenazan con destruir a toda la raza huma¬na y al mundo entero.
A través de mi vida monástica y de mis votos digo NO a todos los campos de concentración, a los bombardeos aéreos, a los juicios políticos que son una pantomima, a los asesinatos judiciales, a las injusticias raciales, a las tiranías económicas, y a todo el aparato socioeconómico que no parece encaminarse sino a la destrucción global a pesar de su hermosa palabrería en favor de la paz. Hago de mi silencio monástico una protesta contra las mentiras de los políticos, de los propagandistas y de los agitadores, y cuando hablo es para negar que mi fe y mi iglesia puedan estar jamás seriamente alineadas junto a esas fuer¬zas de injusticia y destrucción. Pero es cierto, a pesar de ello, que la fe en la que creo también la invocan muchas personas que creen en la guerra, que creen en la injusticia racial, que justifican como legítimas muchas formas de tiranía. Mi vida debe, pues, ser un protesta, ante todo, contra ellas...
Si digo que NO a todas esas fuerzas seculares, también digo SI a todo lo que es bueno en el mundo y en el hombre. Digo SI a todo lo que es hermoso en la naturaleza, y para que éste sea el sí de una libertad y no de sometimiento, debo negarme a poseer cosa alguna en el mundo puramente como mía propia. Digo SI a todos los hombres y mujeres que son mis hermanos y hermanas en el mundo, pero para que este sí sea un asentimiento de liberación y no de subyugación, debo vivir de modo tal que ninguno de ellos me pertenezca ni yo pertenezca a alguno de ellos. Porque quiero ser más que un mero amigo de todos ellos me convierto, para todos, en un extraño.
* Merton se refiere a su libro La montaña de los siete círculos, y estos párrafos que reproducimos ahora son parte del prólogo que él mismo escribió para la edición japonesa de la misma obra diez y siete años después de la aparición de la primera edición inglesa (El texto completo puede verse en: THOMAS MERTON, Querido lector.Reflexiones sobre mi obra, Ávila 1991, págs. 67-71, ISBN 84-922680-0-X. Traducción, revisión bibliográfica y notas de FERNANDO BELTRÁN LLAVADOR).

No hay comentarios: